Empoderadas

Amando ser mujer

Por Doris García – Tribu Terapéutica

En la historia de cada mujer hay un sinfín de experiencias, muchas de ellas cargadas de una cultura patriarcal que invisibilizamos creyendo consciente e inconscientemente, que así es el orden de las cosas. En lo particular, mi proceso, al que me gusta llamar “despertar” fue difícil, porque el sacarse el velo de la ilusión de una realidad asumida y nunca cuestionada en mi juventud, significó un reto que no estuvo exento de culpas y cuestionamientos, en el que también me conecté con la frustración y constante pregunta de por qué mi mundo era de esa forma, renegando de mi misma y de mi entorno, especialmente de los hombres de mi vida. Entonces surge la lucha, el discurso rabioso, la sensación de injusticia histórica que requiere de una compensación. Y está bien que así sea, al menos inicialmente, pero luego, y a lo largo de mis años como psicóloga, como madre, como pareja, como ciudadana, me he dado cuenta que lo que realmente importa es sanar la herida, o las heridas, porque si lo vemos desde la metáfora, si alguien me lanza una piedra y sólo me dedico a buscar venganza o justicia, puedo llegar a desatender mi herida, y ésta se puede hacer más grande, más dolorosa, y más sangrante. Se preguntarán entonces cómo sanar, como curar esa herida que de alguna manera todas tenemos, porque no se trata sólo de comprender, sino también de actuar, de validar nuestro femenino, de valorar ser brujas, cíclicas, intuitivas, gestantes, creativas, sensibles, y de mostrarnos así, de amarnos incondicionalmente y en todo momento, incluso cuando no queremos cumplir el rol que socialmente se nos ha impuesto como sociedad, cuando queremos estar solas y no con los hijos o hijas, cuando nos sentamos a disfrutar mientras alguien, ojalá un hombre, nos sirve, cuando reimos a carcajadas con muestras amigas, cuando lloramos, cuando valorizamos de la misma forma el sentir que el pensar, cuando creemos en nuestra intuición, cuando somos brujas y sanamos a otros con nuestras manos, con nuestro abrazo, con nuestra danza. Estoy convencida de que tú, mujer, entiendes lo que escribo, que de alguna forma resuena en tu corazón como una verdad. Mi deseo entonces es que desde hoy y para siempre seas la mujer que eres, y muestres tu fuerza sin vergüenza, en una ronda eterna en la que estaremos de la mano con aquellas que nos antecedieron y con las que vendrán.

Paloma Castillo

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