Empoderadas

Ciber acoso

Por Carmen Gloria Jiménez, Doctora en Educación mención Didácticas de las Ciencias, Investigadora asociada Universidad Autónoma de Barcelona

Escribir un artículo acerca del “Ciberbullying”en una plana, es algo titánico. Lo es, porque este se entrelaza con las raíces de la violencia, una que los humanos han ejercido entre si desde el inicio de nuestra especie; un fenómeno de por sí complejo, pero que se ha complejizado aun más a medida que se han incorporado en nuestras vidas, aspectos como las avalanchas de información que nos rodean y la constante exposición de cómo somos y lo que somos, a un “publico” en gran parte desconocido, que nos juzga constantemente y en muchos casos de la manera más cruel.

El “ciberbullying” no es un “matonaje” ejercido por alguien específico en muchos casos, sino una descalificación que quien la sufre percibe en todos lados y que es validada por todas las fuentes a las que accede a su alrededor: publicaciones en Instagram imágenes con filtros y mejoras en fotos y videos, cancelación de lo que tenga cualquier tipo de imperfecciones ( ausencia de manchas en la piel, ausencia de rasgos étnicos determinados, absoluta simetría en el rostro, etc.) , presencia en tiktok de “Influencers” como modelos y aspiración vital de niños y adolescentes, y la generación de una delgada línea a veces imposible de distinguir, respecto de lo que es o nó real ( la gente no envejece, no engorda, no sufre dolor físico o corre ningún riesgo al realizar acciones peligrosas, etc. )

Vivir rodeados de esta marea de información moldea los procesos que cursamos mientras construimos nuestra identidad y autoconcepto, hace que la violencia que un niño, niña o adolescente puede sufrir a través del “ciberbullying” sea tan real como si llegaran a la casa con golpes y magulladuras, pero a diferencia de estos, son un sufrimiento silencioso e insidioso, que puede terminar haciendo creer a la víctima que “merece” tal violencia o que es alguien que no debería existir porque no cumple los estándares que aparentemente todo el resto de las personas que le son significativas posee: determinado peso, determinado color de piel, determinada ropa, determinados rasgos faciales, determinados gustos o necesidad de realizar determinadas actividades que las redes sociales validan constantemente.

Los niños y niñas de hoy han desarrollado su sistema nervioso en este ambiente “virtual”:  su auto estima, su construcción identitaria y la manera en que aprenden a ser humanos en sociedad, es desde la influencia que han recibido en la red. Su conectoma se ha ido construyendo desde un referente que sus propios padres nunca tuvieron ( y que por ello en muchos casos ignoran o consideran una exageración)  y el resultado de esta influencia es aterradoramente real: los adolescentes ( y muchos adultos también) y que les genera una especie de “obligación “de construir un “personaje de sí mismos en red” un avatar, un alter ego que debe ser exhibido para poder existir: si no publico lo que hago o que aparento, entonces no participo en la red … si no estoy en la red, no existo… al publicar soy juzgado … aparentar para sobrevivir… ese es un inmenso peso emocional y una carga constante sobre el proceso de desarrollo de los niños niñas y adolescentes; un peso que hoy vemos reflejado en las estadísticas de incremento de depresión, ansiedad, trastornos alimenticios, consumo de alcohol y estupefacientes y hasta suicidios desde la pubertad, pero que se inician desde estadios mucho más tempranos del desarrollo.

Las redes sociales, controladas por grupos de interés, avalan e incluso instan a transmitir una necesidad permanente de tener que validar lo que somos, de pertenecer a algún grupo y la homogenización artificial de nuestras diferencias individuales : por una parte se difunde el eslogan de la individualidad ( usa tal ropa o consume tal cosa que te reafirmará ser diferente o ir en contra de algo ) y por otro el de ser parte de un grupo que reafirme tu identidad, aunque no compartas o ni siquiera comprendas el origen de lo que ese colectivo defienda o persiga… lo importante es pertenecer, es ser similar a como se muestran o aparentan los que forman parte de este, sean cuales sean las características que se deban cumplir para pertenecer.

En la web se presentan como modelos a seguir situaciones que van desde determinados rasgos físicos que de no cumplirse deben ser corregidos ( patrocinándose sitios y videos donde se muestran los “antes y después” del uso de ácido hialulónico o botox, de  dietas exigentes o consumo de píldoras adelgazantes entre otras, instándose a conductas bulímicas o anoréxicas ) hasta la exigencia de cumplir “un desafío viral” que resulte hasta de riesgo vital o “acosar” al que se haya calificado como ”diferente” y que por tanto sea considerado enemigo de determinado grupo. Entonces ese acoso, ese bullying es la manera de “pertenecer”, un esfuerzo constante y hasta desgastador para quien lo ejerce, pero que al ejercerlo asegura no convertirse también en una víctima: ese acoso se convierte en un pasaporte a la tranquilidad de sentirse validado, de no estar solo, de no ser el raro, el feo, el gordo, el diferente … pertenezco a un grupo ( que incluso puede estar integrado por personas que nunca ha llegado personalmente a conocer, pero que se han convertido en parte de los pilares de su identidad ) entonces soy alguien y además si soy el más cruel, el que mejor “acosa”, Juzga, descalifica o incluso amenaza, puedo inclusive aspirar a un liderazgo que en otras circunstancias jamás hubiera podido alcanzar.

El “ciberbullying” es un fenómeno del que son víctimas tanto quien es acosado, como quien acosa. El desafío hoy más que un afán castigador hacia quien acosa es generar una instancia de intervención temprana educativa y social, que deconstruya la “matrix” desde la que el actual sistema está moldeando las mentes, emociones y cuerpos de nuestros niños, niñas y adolescentes.

Paloma Castillo

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