Por Patricio Velásquez, académico y co-investigador de la Radiografía de Género del Biobío.
¿Qué humanidad es la que estamos construyendo cuando la violencia se naturaliza, el amor se condiciona y el diálogo desaparece?
Esa pregunta atraviesa, incómoda y urgente, este mes del Orgullo. En un tiempo en que se alzan muros más rápido que se tienden puentes, en que se disparan misiles antes de abrir conversaciones, y en que se criminaliza la diferencia en nombre del orden, ¿qué sentido tiene conmemorar? El Orgullo, más que una festividad, es hoy una invitación a la reflexión, ya que el Pride es una respuesta al dolor, una afirmación de existencia frente al intento de borrado, una forma de habitar el mundo desde la dignidad, no desde la concesión. No debemos dejar de marchar, sino preguntarnos por qué lo hacemos, por quiénes, y qué mundo estamos dispuestos a defender.
Mientras unas calles se llenan de música y banderas, otras se tiñen de sangre. Desde octubre de 2023, más de 55.000 personas han muerto en Gaza y otras 127.000 han resultado heridas, muchas en ataques contra hospitales o convoyes de ayuda (OCHA, 2025). En Irán e Israel, la ofensiva iniciada en junio de este año dejó 650 muertos en Irán y 240 personas heridas en Israel, incluso en zonas civiles (BBC, 2025). En Ucrania, la guerra continúa con más de 13.000 muertes civiles desde su inicio (ONU, 2025). Y en Estados Unidos, más de 1,6 millones de migrantes han sido detenidos solo en lo que va del año (Departamento de Seguridad Nacional, 2025),y recientemente se registraron 2.000 manifestaciones bajo el lema “No Kings” en todo el país.
Frente a este dolor, a veces cuesta mirar desde nuestros privilegios. Caminar sin bombas, subir una bandera sin miedo, ver infancias jugando y no escondiéndose… también es un lugar de poder. No para culpabilizarnos, sino para hacernos más empáticos. Porque cuando marchamos, no lo hacemos solo por quienes estamos aquí. Marchamos también por quienes no pudieron llegar, por quienes fueron callados, por quienes aún no pueden nombrarse.
En América Latina, la violencia hacia las disidencias sexuales y de género es persistente. También hacia mujeres, especialmente lesbianas, cuyas historias suelen quedar invisibilizadas. En Chile, en 2023, se registraron 1.403 casos de discriminación hacia personas LGBTIAQ+, el número más alto hasta ahora, con un alza del 58,3 % respecto al año anterior (Movilh, 2024)
En Colombia, Caribe Afirmativo reportó que en 2023 se registraron 19 agresiones directas contra lesbianas por motivos de orientación sexual, ocurridas en contextos familiares, escolares o comunitarios (Castañeda, 2024). En Brasil, 80 personas trans fueron asesinadas en 2023, representando el 29% de los transfemicidios reportados a nivel global (ANTRA, 2024). Y aún hoy, seis países de América criminalizan relaciones sexuales entre personas del mismo sexo (OEA, 2025).
Frente a este mapa de vulneración sistemática, ¿qué están haciendo los Estados? La respuesta, en muchos casos, es retraso. El debilitamiento de políticas públicas de género y diversidad, la criminalización del activismo, la censura de contenidos educativos y la eliminación de programas de salud sexual e inclusiva son parte de una ofensiva ultraconservadora que avanza sin pausa. En algunos países, se desmantelaron instituciones democráticas; en otros, el discurso del odio se ha legitimado desde el poder.
El Orgullo, entonces, no puede ser ajeno a este mundo. No se trata de dejar de celebrar, sino de reflexionar con conciencia, con memoria y responsabilidad. Recordando que nuestras primeras marchas, en Santiago (1973), México (1978), Bogotá (1982) nacieron en contextos de represión, donde manifestarse significaba arriesgar la vida. Hoy, esas huellas deben guiarnos: el Orgullo es más que alegría, es también duelo, protesta y futuro.
Las nuevas generaciones deben asumir este legado no como una carga, sino como una brújula. Resignificar el Orgullo no es apagar su alegría, sino devolverle su sentido político. Sin justicia no hay Orgullo. Sin Orgullo no hay humanidad…
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