Por Orietta Ojeda Berger, Becaria ANID, valdiviana. Doctoranda en Historia, Universidad San Sebastián.
Un concepto o una nueva expresión para tener en cuenta en el presente siglo es, el de patrimonialización, entendido como un proceso de carácter voluntario de incorporación de valores socialmente construidos, contenidos en un tiempo y, espacio de una determinada comunidad como la penquista y, lo cual forma parte de los procesos de territorialización propios de la región y el país.
Ello implica, la necesaria apropiación y valorización de una acción, ya sea individual o colectiva de actividades concretas que posibilitan levantar referencias identitarias de carácter local. La patrimonialización, asociada a valores territoriales implica la construcción y, valoración de una conciencia patrimonial, concepto que implican ser responsable de un tiempo y espacio territorial junto con sus tradiciones.
Este es, el gran desafío para una comunidad como la penquista, entre otros de una propuesta de desarrollo turístico cultural por cuanto el patrimonio respecto de una comunidad necesita generar lazos de asociatividad y pertenencia, otorgándole significación a los bienes tangibles e intangibles que le son propios por tradición.
Llorenc Prats, refiere que la patrimonialización, obedece a dos formas sociales complementarias y sucesivas, por una parte, el patrimonio es una representación que une y diferencia las culturas, como por ejemplo las tradiciones o la vida de barrio que los representa y, una segunda que da cuenta de la activación del barrio o la comunidad. Así desde la interpretación y el discurso, se vuelve fundamental para su gestión, la representación, la cual radica en la creación de un discurso o narrativa definida por una parte de la sociedad, determinado tanto por aquello que forma parte del patrimonio reconocido, como de lo excluido en términos de su valoración social se da producto de estos discursos o representaciones, formando un soporte de las identidades e ideologías, entorno al proceso de patrimonialización como tal.
Una crítica con respecto al fenómeno de la patrimonialización, ha sido y lo es, una visión elitista del patrimonio. A partir de estos principios, se produce una segunda construcción social en el proceso de patrimonialización. La activación del lenguaje, remarcar la diferencia entre poner en valor o, valorar simplemente determinados elementos patrimoniales y activarlos o, actuar sobre ellos de alguna forma posible. Alrededor de la puesta en valor de tal o cual elemento se produce el primer proceso de negociación, en la medida en que existe en la sociedad una previa puesta en valor jerarquizada de determinados elementos patrimoniales, fruto normalmente de procesos identitarios, no necesariamente espontáneos, pero que pueden comportar un alto grado de espontaneidad y consenso previo. Esto suele exigir, por lo menos, la conservación de estos elementos y, facilita, por otra parte, al poder político, una vía rápida y segura para la actuación dialogada.
La activación, más que con la puesta en valor tiene que ver con los discursos. Toda activación patrimonial, desde una exposición temporal o permanente, hasta un itinerario o un proceso de patrimonialización de un territorio, de inspiración más o menos ecomuseística, sumado a una política de espacios o bienes culturales protegidos, comporta un discurso, más o menos explícito, consciente, polisémico y del todo real.
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