Por Rose Marie Espinoza Candia, integrante de Históricas Podcast.
Elegir una forma de vida en la época colonial era una encrucijada inevitable para toda mujer. Una suerte de laberinto vital del que nos han quedado testimonios dispersos en documentación administrativa y religiosa, que reflejan realidades diversas y a la vez comparables a lo que ocurría en otros espacios del Imperio, desde la Gobernación de Chile hasta la propia Europa.
Entre las opciones disponibles, la soltería ocupaba un lugar significativo. Conocemos de ella gracias a documentos notariales como testamentos, censos y obligaciones, donde aparecen los compromisos económicos y deseos de mujeres que nunca contrajeron matrimonio. Es recurrente encontrar a solteras de familias prominentes que, al no tener descendencia propia, financiaban las dotes de familiares para facilitar su ingreso al matrimonio o a la vida religiosa. Estas elecciones exigían una cuidadosa administración de los bienes, pues de la estabilidad económica dependía la posibilidad de sostener ese modo de vida.
La vida religiosa, por su parte, tampoco era una alternativa lejana en un contexto barroco donde la religiosidad ordenaba el tiempo y la vida cotidiana. Las campanas de iglesias y monasterios marcaban las horas del día, distinguían la mañana de la tarde y acompañaban incluso el momento de dormir, al son de la Liturgia de las horas. La presencia de lo religioso iba más allá de lo espiritual: estaba también en la educación. Algunas familias podían costear el ingreso de sus hijas, desde los siete años, como educandas en conventos, donde aprendían a leer y escribir, además de oficios como costura, música o cerámica, como ocurría en el convento de las Clarisas de la Antigua Fundación en Santiago.
Al crecer, estas jóvenes debían optar entre la vida en el siglo o la clausura. Dentro de los conventos existía una organización jerárquica: según la profesión de velo blanco o negro, podían desempeñar oficios menores —como campaneras— o llegar a cargos de gobierno, como abadesas y preladas. Más allá de la vocación espiritual, los monasterios ofrecieron a muchas mujeres un espacio para el desarrollo intelectual. Allí tuvieron acceso a la lectura y a la escritura, prácticas poco frecuentes fuera de los muros conventuales. Tal fue el caso de sor Úrsula Suárez, quien, tras formarse con sus tías, ingresó al Monasterio de Nuestra Señora de la Victoria. Su Relación Autobiográfica se convirtió en un testimonio singular de la vida cotidiana colonial, posible gracias a la protección familiar, la mediación de su confesor y la disponibilidad de papel y tinta.
En cuanto al matrimonio, también representaba una decisión crucial. Los registros muestran que las licencias solían concederse a mujeres entre los 17 y 21 años. Más allá de la dimensión afectiva, el casamiento era un negocio familiar que implicaba asegurar una dote monetaria o en bienes, destinada a fortalecer alianzas y garantizar la protección de las prometidas. Si el matrimonio resultaba o no conveniente, era una cuestión que iba más allá de lo económico. En algunos casos, caían rápidamente o en la viudez producto de los devenires de la guerra y la enfermedad. En otros, producto de infidelidad o malos tratos, se buscaba una dispensa religiosa en el Tribunal Eclesiástico, o un divorcio civil en la Real Audiencia. Existía, desde luego una opción (o destino) para aquellas mujeres que, a los ojos de terceras personas actuaban de manera escandalosa y terminaban instaladas en Casas de Recogidas, asistidas por las autoridades locales para lograr una especie de disciplinamiento a través de la oración y el trabajo.
Conviene subrayar que la documentación conservada corresponde principalmente a mujeres con acceso a servicios administrativos y notariales, pues eran ellas quienes podían costear la redacción de escrituras y registros legales. Otras experiencias, sin duda más numerosas, quedaron fuera de los expedientes y apenas pueden entreverse en los archivos, o bien que nos dan cuenta a partir de otro tipo de documentación oficios y ocupaciones del diario vivir.
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