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Cáncer en Chile: una tarea que asumen las regiones

Por Talia Villanueva Godoy, presidenta Fundación Salvé El Mundo Hoy. Miembro Directorio 2025-2026 Asociación Chilena de Agrupaciones con Cáncer (Achago).

El cierre del año 2025 nos confronta con una verdad brutal que se siente con una intensidad desgarradora lejos de la capital: el cáncer se mantiene como la principal causa de muerte en Chile, una sombra que exige no solo recursos, sino una profunda urgencia moral en la gestión pública. La atención oncológica y el acceso a tratamientos vitales no deben ser un privilegio geográfico. Si no movilizamos a la sociedad, si no logramos poner al paciente en el centro de la atención, ¿quién dará vida a la Ley Nacional del Cáncer? Es inaceptable que la vida de miles de chilenos se vea truncada porque la calidad de la atención depende de dónde se viva.

Para enfrentar esta realidad, es fundamental entender la oncología como un ecosistema complejo que exige la interconexión vital de la prevención, la detección temprana, la red de derivación y el soporte integral. Sin embargo, la realidad choca con esta visión. La lentitud institucional, la burocracia y la ineficiencia de algunos funcionarios que operan el sistema público han dejado un amargo gusto a que pareciera que las cosas no se están haciendo bien. En oncología, esta ineficiencia es tiempo de vida perdido y la necesidad de centros oncológicos de alta complejidad es inminente. La falta de respuesta oportuna ha hecho que proyectos vitales y estratégicos, como el anhelado centro oncológico en Concepción, lleven años estancados, necesitando un «empuje desde la sociedad civil».

Es en este vacío donde la sociedad civil y las ONG se convierten en el motor del cambio. Si el Estado no garantiza la equidad, son las propias regiones las que asumen la tarea de construir soluciones, liderando el cambio desde el territorio. Esta labor es crucial, pues cada territorio es único. El trabajo colaborativo en Concepción ha permitido movilizar a profesionales y organizaciones que trabajan ad honorem, yendo más allá de las estructuras formales. Hemos puesto nuestro esfuerzo y dedicación, logrando hitos tan importantes como escuelas para adultos sobre cáncer y la generación de evidencia crucial basada en la experiencia de más de 370 pacientes.

Esta es la dolorosa paradoja que debe interpelar a todo Chile: miles de organizaciones no gubernamentales somos forzadas a realizar tareas de incidencia, educación y apoyo, porque las estructuras del Estado no cumplen su mandato. Nuestro rol debe centrarse en los grupos que inciden en políticas públicas relacionadas a la salud, ya que es allí donde se asegura la sostenibilidad. Por ejemplo, en el último año, pudimos participar e incidir en la mesa de cáncer que se hizo respecto al triple negativo a nivel territorial y nacional. Pero la pregunta persiste, y es la más urgente: Si yo me canso y dejo de funcionar, ¿dónde encontramos esos liderazgos? Si no movilizamos la sociedad, ¿quién mantendrá viva la llama de la Ley?

La oncología debe ser un eje programático central. Exigimos a los futuros líderes que reconozcan el aporte de las regiones y de la sociedad civil al levantar esta evidencia. Demandamos planes que garanticen un tiempo de respuesta, obligando al sistema a derivar al sector privado con cargo al Estado si se incumplen los plazos oncológicos, tal como lo establece la ley. Además, el llamado a la acción debe ser a las autoridades y a la comunidad en general, para volver a fomentar campañas de prevención y detección temprana y que la población esté atenta a esos signos de alerta. Debemos reconocer que los pacientes de regiones, a través de su experiencia, están liderando la construcción de soluciones territoriales que tienen el potencial de expandirse o amplificarse a nivel nacional, aun cuando esa es la dicotomía.

Es tiempo de que el Estado asuma con responsabilidad la tarea que hoy ha dejado en manos de la pasión, el esfuerzo y el liderazgo de miles de organizaciones y pacientes en todo Chile. Que el 2026 sea el año en que la palabra «espera» deje de ser sinónimo de «muerte» para miles de chilenos.

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