Por Macarena Silva Catalán, coach, mentora y fundadora de Academia Mujer Innova
Cerrar ciclos no siempre es un acto ruidoso ni dramático. Muchas veces ocurre en silencio, en una decisión íntima que nadie más ve, pero que cambia profundamente la forma en que habitamos nuestra vida. Nos enseñaron a resistir, a aguantar, a “ser fuertes”, incluso cuando eso significaba permanecer en vínculos, espacios o dinámicas que ya no nos nutrían, sin embargo, cerrar ciclos no es abandonar, es elegirnos.
A lo largo de la vida vamos acumulando relaciones, compromisos y lealtades que en algún momento tuvieron sentido. Personas que fueron refugio, aprendizajes o compañía en una etapa específica. El problema surge cuando, por miedo, costumbre o culpa, insistimos en sostener lo que ya no suma. Permanecer ahí no siempre es amor; muchas veces es obediencia, obediencia a lo que se espera de nosotras, a la idea de no decepcionar, de no incomodar, de no romper.
Dejar ir a personas que no suman no nos convierte en egoístas ni frías, nos convierte en honestas con nosotras mismas. Hay vínculos que dejan de crecer, conversaciones que se vuelven pesadas, presencias que más que acompañar, drenan. Reconocerlo duele, porque implica aceptar que algo cambió. Pero ignorarlo duele aún más, porque el cuerpo y el alma siempre pasan la cuenta.
Cerrar un ciclo desde el amor propio no implica rencor. Al contrario, el rencor nos sigue atando. Soltar con conciencia es agradecer lo que fue, reconocer lo que ya no es y elegir avanzar sin cargar resentimiento. Es entender que no todas las personas están destinadas a caminar con nosotras toda la vida, y que eso no invalida lo compartido. Hay relaciones que cumplen su propósito y luego deben transformarse o terminar.
Cuando finalmente tomamos la decisión de soltar, muchas describen una sensación clara: alivio. Como si se quitaran un peso de encima, el cuerpo respira distinto, la mente se aquieta y aparece una paz que no se explica, pero se siente, esa liviandad no nace de la pérdida, sino de la coherencia interna. De dejar de traicionarnos para sostener lo insostenible.
En este proceso, hay un punto clave que muchas veces olvidamos: el auto perdón. Perdonarnos por haber permitido tanto tiempo situaciones que no nos hacían bien, por habernos callado, por haber normalizado incomodidades, por haber confundido amor con sacrificio, no desde el juicio, sino desde la compasión, hicimos lo que pudimos con las herramientas que teníamos en ese momento.
Muchas mujeres cargan con la culpa de “haber aguantado demasiado”, sin darse cuenta de que ese aguante fue, en su momento, una estrategia de supervivencia. No sabíamos cómo poner límites, no confiábamos del todo en nuestra voz o temíamos quedarnos solas. Auto perdonarnos es reconocer nuestra humanidad, entender nuestro proceso y decidir que hoy elegimos distinto.
Cerrar ciclos no es huir, es madurar emocionalmente. Es asumir la responsabilidad de nuestro bienestar. Es decirnos: “esto ya no me hace bien y merezco algo mejor”, incluso cuando ese “algo mejor” sea simplemente paz. Porque no siempre se trata de sumar más, sino de soltar lo que pesa.
Elegirnos no siempre será comprendido por otros, pero siempre será sentido por nosotras, y cuando una mujer se permite cerrar ciclos con amor propio, no solo se libera ella: abre el camino para relaciones más sanas, vínculos más conscientes y una vida vivida desde la autenticidad, no desde la obediencia.
Cerrar ciclos es un acto valiente, es soltar sin odio, perdonarnos sin culpa y avanzar más livianas, recordando que no vinimos a cargar lo que ya no nos corresponde, sino a vivir en coherencia con quienes somos hoy.
