Por Claudia Peña Melin, directora de la carrera de Administración Pública y del Magíster en Dirección y Gestión Pública, Universidad Central, Coquimbo.
Estas son algunas voces de jóvenes recién graduados que podrían ser las de miles: “Terminé la universidad con honores, entregué mi tesis con orgullo y soñé con el día en que firmaría mi primer contrato. Han pasado diez meses y lo único que firmo son correos de postulación sin respuesta”; “A veces pienso que me equivoqué de carrera, pero luego veo a mis compañeros y casi todos están iguales: estudiamos, nos esforzamos, pero el trabajo sigue sin aparecer”.
Las expresiones anteriores reflejan una paradoja que crece silenciosamente en América Latina y también en Chile: el desempleo ilustrado, ese fenómeno en el que el mérito académico ya no garantiza inserción laboral, reflejando una experiencia existencial de frustración y desajuste entre expectativas y realidad, y que afecta a jóvenes profesionales que no tienen redes ni experiencia laboral suficiente, y que se enfrentan a un mercado laboral que no los espera.
Cada año egresan miles de jóvenes de universidades, institutos y centros técnicos, pero la oferta laboral no crece al mismo ritmo. Según la Encuesta Nacional de Juventudes INJUV 2025, 1 de cada 4 jóvenes (26%) con educación universitaria completa o incompleta declara que “da lo mismo lo que se estudie; después hay que trabajar en lo que sea”, manteniendo además una baja evaluación de sus posibilidades de conseguir un buen empleo. Aquí se observa una promesa incumplida que erosiona el sentido mismo del estudio e implica un camino directo al subempleo, lo que obliga a los jóvenes a quedar atrapados en trabajos informales o que no se relacionan con su formación.
Revertir esta tendencia exige políticas públicas integradas de empleo juvenil que vinculen formación, innovación productiva y acompañamiento en la inserción laboral. Asimismo, por parte de los centros de formación, implica revisar críticamente los currículos universitarios y su conexión con las necesidades territoriales. Y, por parte de las empresas, repensar los requisitos de entrada y superar la lógica de “no pueden entrar porque no tienen experiencia, y no pueden tener experiencia porque no pueden entrar”. Al mismo tiempo, es clave valorar el potencial por sobre el historial, habilidades, disposición al aprendizaje, adaptabilidad y crear rutas de desarrollo claras, ofreciendo trayectorias visibles. Es un imperativo: ser parte de la solución y no del problema.
