La periodista Nazly Hananías está atravesando un cáncer de mama triple negativo y quiso contarnos su historia para Empoderadas. En primera persona, comparte lo que casi nunca se ve cuando se habla de un tratamiento: lo que se esconde detrás del miedo, lo que cambia por dentro y una fuerza que, dice, no sabía que tenía.
Testimonio.- Aprendí a vivir un día a la vez. Antes andaba corriendo, planificando todo, trabajando sin parar, persiguiendo metas a toda velocidad, y el cáncer me obligó a frenar y a mirarlo todo desde otro lugar. Pasar por esto ha sido convivir con el miedo y con una vulnerabilidad que antes prefería esconder, pero también me enseñó a valorar lo simple: despertar, tomarme un café, sentirme bien aunque sea un rato, recibir un abrazo.
Y es que la quimioterapia no pasa solo en la clínica. Pasa también en la casa, frente al espejo, en esas noches en que no llega el sueño, en los silencios; al final se te mete en todo.
La transformación más profunda fue por dentro. El cuerpo cambia, claro, con el cansancio, la falta de energía, las marcas que se ven y las que no, pero lo más fuerte ha sido cómo cambió la relación conmigo misma. Tuve que aprender a mirarme con más compasión y a aceptar los días malos sin exigirme volver a ser la de antes.
Los vínculos también cambian. Hay personas que se acercan desde un cariño muy genuino y otras que simplemente no saben cómo estar, y una termina aprendiendo a distinguirlo. Hoy me siento más consciente de lo que valgo y más conectada con lo que de verdad importa.
Lo más valioso ha sido la presencia real, y no hablo de las grandes frases sino de los gestos concretos: alguien que te escribe para saber cómo estás, que te acompaña a una quimio, que te lleva comida, que se sienta al lado tuyo sin intentar arreglar nada. A veces creemos que acompañar es decir algo perfecto, cuando muchas veces basta con quedarse. Para mí fue clave sentirme sostenida por mi familia y por quienes me dejaron mostrarme frágil, sin la obligación de ser fuerte todo el tiempo.
En medio de la incertidumbre fui encontrando refugio en cosas chicas, en el silencio, en la escritura, en una conversación honesta, en la espiritualidad y en los ratos de calma, y así entendí que no necesito tener todas las respuestas hoy, porque a veces sostenerse es apenas eso, confiar en el paso que sigue. Trato de enfocarme en lo que sí puedo controlar, en cómo me cuido, cómo me hablo, cómo vivo todo esto, y en el camino descubrí una fortaleza que no sabía que tenía.
Mi fe también ha sido un refugio, no porque me haya sacado el miedo ni las preguntas, sino porque me da esperanza para seguir caminando incluso cuando no entiendo nada. Me recuerda que, hasta en lo más duro, nunca estuve sola, y que hay un propósito en todo esto aunque por ahora no alcance a comprenderlo.
A otras mujeres que recién empiezan algo parecido les diría que no tienen que ser heroínas todo el tiempo, que está bien sentir miedo, rabia, cansancio o tristeza, porque todo eso también es parte del proceso. Que pidan ayuda, que se dejen acompañar, que confíen en su cuerpo y en su capacidad de atravesar lo difícil.
El cáncer cambia muchas cosas, pero también puede mostrarte una versión tuya que no conocías, más fuerte, más despierta, más de verdad. Y, sobre todo, quiero que recuerden que un diagnóstico no las define: siguen siendo mucho más que eso.
Decidí compartir mi historia porque creo de verdad en el poder de acompañarnos, y si lo que viví ayuda a que una sola mujer se sienta menos sola, entienda un poco mejor este proceso o encuentre algo de esperanza en medio de la incertidumbre, entonces haber abierto el corazón habrá valido la pena. Porque compartir también es una forma de sanar, de convertir el dolor en propósito.
