Fotografía: gentileza de Francisca Varas
Durante seis años, Francisca Varas-Lagos puso en pausa su vida profesional para dedicarse por completo al cuidado de su hija con síndrome de Down. Cuando decidió regresar al mundo laboral, ya no era la misma persona: la experiencia la había transformado profundamente. Hoy, su propósito es tender puentes entre las personas, las organizaciones y la vocación que descubrió en ese recorrido. En este testimonio comparte su historia y cómo venciendo miedos, es posible abrir nuevos caminos.
Publicado por: Empoderadas Medio
Testimonio.- Hace algunos años tomé la decisión más difícil e importante de mi carrera: pausarla. Mi hija nació con síndrome de Down y, durante los siguientes seis años, me dediqué por completo a su cuidado. Les aseguro que nadie me preparó para esto.
Me enfrenté con cero experiencia, sin ningún plan que pudiera sostenerme a mí o a mi familia frente a un diagnóstico que no esperaba. De un día para otro tuve que aprender un lenguaje médico que no era el mío y defender los derechos de mi hija en cada consulta, en cada sala de espera y ante cada mirada ajena que no sabía cómo mirarla.
Aprendí a celebrar de otras formas, habitando logros que para nosotros eran gigantes. Aprendí a pedir ayuda. Y también hubo días en que sentí que no iba a poder. En aquellos días mi cansancio no se explicaba con palabras: estaban de más. Tenía que cargar ese cansancio a la espalda, porque había que continuar.
Si hay algo que quiero que otras mujeres sepan es esto: no están solas. El miedo, el agotamiento y la incertidumbre de no saber si lo están haciendo bien no son señales de debilidad. Son parte del proceso de convertirse en la persona que su hijo o su hija necesita, y en la mujer que ustedes mismas no sabían que podían ser.
No son las únicas que han tenido que aprender de golpe el idioma de los diagnósticos, de los especialistas y de los derechos que hay que defender una y otra vez. No son las únicas que han sentido que el mundo no sabe cómo mirar a sus hijos. Somos muchas. Y aunque el camino a ratos se sienta solitario, existe una red invisible de mujeres que ya lo caminaron, que lo están caminando y que entienden exactamente de qué se trata.
El regreso
Tras esos seis años volví al mundo profesional. Volví con una resiliencia que ninguna universidad enseña, con una capacidad de sostener la incertidumbre que pocas crisis de negocio logran igualar y con una empatía que hoy es una de mis herramientas de trabajo más valiosas.
Hoy me dedico al relacionamiento comunitario: tender puentes entre personas, organizaciones y propósitos comunes. No hay curso que enseñe mejor esa habilidad que construir puentes de comprensión, uno por uno, cuando el mundo no sabe cómo mirar a tu hija.
Para quienes están en medio del camino
Si están atravesando esto ahora mismo, quiero decirles algo con toda honestidad: este momento que sienten tan difícil, tan incierto, también las está formando. No de una manera romántica ni simple, sino profunda y real. Van a salir de esto con una fuerza que no imaginaban tener, con una paciencia que las va a sorprender y con una claridad sobre lo que de verdad importa que muy pocas experiencias entregan.
No tienen que sentirse agradecidas por el desafío. Pueden odiarlo algunos días y amarlo otros. Pueden sentir rabia, tristeza, cansancio, y también amor y orgullo, todo en el mismo día. Todo eso es válido. Lo que no es cierto es que estén solas, ni que esta etapa sea un paréntesis vacío en sus vidas o en sus carreras.
En mi caso, la discapacidad no me quitó una carrera. Me dio una que no sabía que necesitaba.
Y si algo puedo dejarles a otras mujeres que están viviendo esto, es esa certeza: lo que hoy construyen en silencio, sin reconocimiento, sin curso ni mentor, un día va a ser la base más sólida de quiénes son. Como madres y como mujeres.
