Empoderadas medio

El puente de cristal en el código

Fotografía: gentileza de Technovation Girls / Fernanda Gutiérrez

Escrito por: Fernanda Gutiérrez Chavarría. Embajadora de Technovation Girls y estudiante de cuarto año medio

Durante siglos, la educación de las mujeres permaneció relegada a un segundo plano. En Chile, no fue hasta fines del siglo XIX cuando se nos abrió formalmente el acceso a la educación superior y, más tarde, al voto. Esta integración se dio bajo una construcción social profundamente sesgada, donde se asumía como verdad absoluta que las habilidades científicas y técnicas eran patrimonio exclusivo de los hombres. Como bien señala un estudio publicado por la revista Science, este estereotipo cala tan temprano en la infancia que termina por minar de forma prematura el interés de las niñas en áreas intensivas en matemáticas.

Hoy, esas brechas persisten. Sin embargo, resulta imperativo dejar algo en claro: jamás ha sido un problema de capacidad. Las niñas y jóvenes poseen todo el talento y la determinación para habitar esos espacios. El verdadero culpable es el «permiso social» que aún condiciona y limita nuestra participación plena. En la infancia, las niñas somos usuarias y consumidoras activas de la tecnología; pero a medida que crecemos, tendemos a alejarnos de la creación. Nos desplazamos del centro de la innovación para convertirnos en meras espectadoras.

Esta distancia no es casual. Culturalmente, a los niños se les incentiva a explorar, a desarmar cosas y a “romper el código”, celebrando su curiosidad. A las niñas, en cambio, se nos suele educar bajo la exigencia de buscar la perfección y no hacer demasiado ruido. Y el miedo a equivocarse es, precisamente, el mayor enemigo de la creatividad tecnológica. Las consecuencias de esta brecha cultural son contundentes: según cifras de la Subsecretaría de Educación Superior, solo un 20,8% de la matrícula en carreras STEM corresponde a mujeres.

A ese porcentaje de mujeres que se atreve a desafiar la estadística no le falta talento; le ha faltado el derecho a cometer errores. Un derecho tan básico como el que utiliza la propia Inteligencia Artificial, donde la prueba, el fallo y el reintento son la base indispensable para el aprendizaje y la evolución. La verdadera brecha de género comienza el día en que una niña se limita a usar la tecnología porque nadie le enseñó a confiar en que podía inventarla.

Para transformar esta realidad, debemos cultivar su curiosidad y enseñarles a abrazar los “códigos erróneos” como parte del camino. El estímulo de las familias y del entorno cercano es el factor determinante para despertar vocaciones en matemáticas y tecnología (Sainz y Eccles, 2012). Derribar estereotipos desde el hogar, visibilizar referentes reales y sembrar la confianza necesaria no es solo un acto de justicia: es la única vía para formar a las líderes tecnológicas que moldearán el futuro.

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