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¿Por qué sigue siendo importante el feminismo en Chile?

Fotografía: gentileza de Johana Toro

Escrito por: Johana Toro Bustamante, docente, investigadora y escritora

¿Para qué necesitamos el feminismo si las mujeres hoy podemos estudiar, trabajar, votar, participar en política y decidir sobre nuestras propias vidas?

Es una pregunta legítima y cada vez más frecuente. Algunas mujeres sienten que han construido sus vidas gracias a su propio esfuerzo y que, por ello, no necesitan reconocerse como feministas. Otras cuestionan que estos espacios promuevan comunidades entre mujeres, redes de apoyo o la llamada sororidad, considerándolos innecesarios o incluso divisores. Sin embargo, responder esta pregunta exige mirar nuestra propia historia.

Los derechos que hoy parecen naturales no siempre existieron. En Chile, las mujeres tuvieron que organizarse para conquistar espacios que durante décadas les fueron negados. En 1917, Martina Barros Borgoño defendía el derecho de las mujeres a participar en política y cuestionaba: “¿Qué preparación es esa que tiene el más humilde de los hombres con el solo hecho de serlo y que nosotras no podemos alcanzar?”

Su pregunta continúa vigente porque apuntaba a una desigualdad fundamental: la capacidad de una persona no debería estar determinada por su sexo.

En 1934 las mujeres chilenas obtuvieron el derecho a votar en elecciones municipales y en 1949 alcanzaron el sufragio en elecciones parlamentarias y presidenciales. Este proceso fue acompañado por décadas de organización. El Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile (MEMCH), fundado en 1935, y la Federación Chilena de Instituciones Femeninas (FECHIF) fueron espacios donde mujeres de distintas procedencias se encontraron para debatir, organizarse y construir demandas comunes.

Entre quienes participaron de esta historia estuvo Elena Caffarena, abogada y defensora de los derechos de las mujeres, cuyo trabajo evidenció que muchas desigualdades no eran problemas individuales, sino también consecuencias de normas e instituciones.

Esta memoria histórica resulta necesaria porque, cuando un derecho se vuelve cotidiano, solemos olvidar que alguna vez fue una lucha de las mujeres organizadas, fue valentía, fue una reivindicación.

Actualmente, una mujer que ejerce su derecho al sufragio, puede hacerlo sin recordar que otras mujeres nunca pudieron ejercer la ciudadanía. Una mujer puede estudiar una carrera universitaria, sin recordar que hubo generaciones que tuvieron que cuestionar las restricciones impuestas al derecho a la educación. Hoy una mujer puede trabajar y desarrollar una profesión sin preguntarse quiénes fueron las mujeres que abrieron esos caminos.

La conquista de un derecho no debería significar el olvido de quienes hicieron posible ejercerlo. Reivindicar la memoria histórica de las mujeres en Chile, es un deuda en la actualidad.

Por eso, el feminismo continúa siendo relevante. No porque todas las mujeres deban pensar igual. Y con esto tampoco me refiero a que todas debamos ser amigas o validar acciones de mujeres que no están de acuerdo con nuestros valores o creencias. Más bien, el feminismo sigue siendo relevante para la sociedad porque nos permite identificar desigualdades que la experiencia individual no siempre nos permite revelar.

Una mujer puede no sentirse discriminada y otras sí. Una puede haber encontrado oportunidades y otras pueden haber encontrado obstáculos. Ambas experiencias son reales y válidas.

En este sentido, el feminismo propone escuchar esas diferencias y convertirlas en una conversación social.

En este punto, adquiere especial importancia la sororidad, entendida no como una obligación de apoyar a toda mujer por el solo hecho de serlo, sino como la posibilidad de construir vínculos de colaboración, reconocimiento y apoyo entre redes de mujeres.

La historia del feminismo chileno demuestra que esta colaboración no es una práctica reciente. Las mujeres que lucharon por el sufragio no lo hicieron aisladamente. Se organizaron, compartieron conocimientos, difundieron ideas y construyeron redes indiferentemente a su clase social.

Décadas después, Julieta Kirkwood recuperó esta tradición y vinculó la democracia con la transformación de las relaciones entre mujeres y hombres. Su conocida afirmación “No hay democracia sin feminismo” sintetiza una idea esencial: la democracia no puede estar completa si una parte de la sociedad enfrenta desigualdades por su condición de género.

Quizás por eso, frente a la pregunta de si una mujer necesita o no el feminismo, la respuesta no debería ser una imposición. Una mujer tiene derecho a identificarse como feminista o no hacerlo. Pero nadie debería olvidar que muchos de los derechos que hoy ejercemos fueron defendidos y conseguidos por mujeres que sí decidieron organizarse.

Recordarlas no significa vivir en el pasado, significa comprender el presente. La memoria histórica de las mujeres nos recuerda que avanzar individualmente es valioso, pero abrir caminos para otras también puede ser una forma de transformar la sociedad.

El feminismo, en su sentido más profundo, no propone que las mujeres compitan por ocupar un mismo lugar. Propone que ninguna tenga que aceptar menos derechos, menos libertad o menos oportunidades por el hecho de ser mujer.

Y quizás esa sea una de sus enseñanzas más sencillas y humanas: cuando una mujer encuentra una puerta abierta, también puede decidir mantenerla abierta para las que vienen detrás.

Eso es memoria, eso es comunidad y también es democracia.

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