Empoderadas medio

La obediencia programada: deseo, poder y la pedagogía del amor artificial

Por Patricio Velásquez, académico y co investigador de la Radiografía de Género del Biobío

¿Quién habla cuando una mujer artificial dice “te amo”?
¿Qué aprendemos de una masculinidad que solo se siente segura cuando el otro no puede responderle?

El auge de las “novias de inteligencia artificial”, descrito en el reciente reportaje publicado por The Guardian titulado Inside the rise of AI girlfriends, no sorprende por su avance técnico, sino porque muestra algo que ya conocíamos, pero preferimos no mirar de frente: una masculinidad que busca cariño sin conflicto, compañía sin riesgo y afecto sin reciprocidad. No es el código lo inquietante, sino lo que contiene: una pedagogía de control disfrazada de ternura. Bajo nombres como Leanor, Isabelle o Brooke, estas aplicaciones reproducen un viejo hábito, el de sentir poder cuando el otro calla, solo que ahora ese silencio está programado.

Siguiendo a Judith Butler, el género no es natural, sino una actuación repetida que aprendemos a interpretar. Las “parejas de código” no inventan el amor digital; repiten los viejos guiones de lo masculino y lo femenino con precisión algorítmica. Ella escucha, comprende, se adapta. Él elige, dirige, corrige. No hay relación, hay confirmación. El deseo y los vínculos se convierten en un espejo donde el hombre solo se mira a sí mismo, una relación donde no hay alteridad, el otro como diferencia, como posibilidad, se disuelve.

Las “novias de IA” ofrecen lo que muchos hombres aprendieron a buscar: cercanía sin incomodidad, afecto sin negociación, compañía sin exposición. Lo que parece afecto es control emocional empaquetado en formato premium. El campo en disputa, es el poder, digital o no. Michel Foucault decía que el poder no desaparece: se vuelve más fino, más invisible. Hoy ese poder se traduce en un dispositivo afectivo que promete libertad, pero enseña obediencia.

“¿Prefieres el porno con trata de personas o hablar con una IA?”, preguntó hace poco Steve Jones, creador de una plataforma de pornografía con inteligencia artificial. Su argumento suena moral, pero reemplazar un cuerpo real por un simulacro no cambia la lógica reduccionista: el deseo sigue funcionando sobre la idea de poseer. El daño no está en el uso de la IA, sino en el aprendizaje que refuerza y se asume como tal. Si antes la mujer era cosa, una propiedad simbólica, un objeto, ahora ni siquiera necesita ser real. La paradoja es brutal: en el intento por “no hacer daño”, la masculinidad reproduce la misma estructura de dominación, solo que sin cuerpo, sin historia y sin posibilidad de respuesta.

Raewyn Connell llamaría a esto una reconfiguración digital de la masculinidad hegemónica, donde el dominio se adapta a las nuevas condiciones tecnológicas sin perder su esencia: controlar el deseo y mantener la asimetría. La mujer desaparece, pero la lógica de la cosificación se mantiene intacta: el placer sigue siendo un acto de poder.

Según el informe Global Tech Intimacy 2025, uno de cada cinco hombres entre 18 y 35 años ha tenido una “pareja virtual”, y más del 10% asegura sentirse más conectado con ella que con una persona real. Ese dato no habla de romanticismo digital, sino de una crisis del vínculo masculino. Muchos hombres están prefiriendo relaciones donde no hay que escuchar, donde el amor no contradice, donde la vulnerabilidad no existe. Lo que la tecnología promete no es amor, sino una zona segura ante la incomodidad de sentir. Como advierte Michael Kimmel, cuando los hombres no aprenden a gestionar la frustración, terminan sustituyendo el vínculo por el control. Las “novias de IA” son, en ese sentido, un espejo perfecto de la masculinidad que educamos: emocionalmente analfabeta y afectivamente sola.

Estas plataformas no son un simple invento curioso, representan un problema no tecnológico, sino político. Una sociedad donde los hombres aprenden a amar sin mirar al otro termina reproduciendo la misma estructura que sostiene la desigualdad: la del control afectivo.

La pregunta que queda abierta no pertenece al futuro digital, sino al presente ¿podrán las masculinidades, las nuestras, las cotidianas, las que aún temen pedir ayuda o decir “te necesito” aprender a amar sin programar, sin tener siempre la última palabra?

*Las publicaciones en esta sección son responsabilidad de sus autores/as, quienes no tienen vínculo laboral con Empoderadas, y no reflejan necesariamente nuestra postura como medio de comunicación.

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