Por Claudia Cadenas, periodista y colaboradora de la sección Empoderadas en Tinta.
Hay expresiones artísticas que nacen del deseo de inmortalizar la belleza, y otras que brotan de la necesidad de retener lo efímero antes de que se desvanezca por completo en las sombras del olvido.
En Los últimos días de Clayton & Co., Francisca Solar nos sumerge —con un estilo minucioso que pule cada detalle— en el oscuro universo de la fotografía post mortem, un ritual donde la luz y la sombra se vuelven cómplices de la negación del duelo.
Debo admitir que, al inicio, este estudio de fotografía en la ficticia localidad de Atlas me erizó la piel. Las escenas de cadáveres inmortalizados en poses cotidianas me resultaban profundamente perturbadoras. Sin embargo, mientras avanzaba, sentí con claridad que Solar disfrutaba cada frase: moldeaba la narrativa con una precisión casi quirúrgica, abrazando el macabro encuentro entre la vida y la muerte con un deleite literario que es imposible no percibir.
Quizás por eso la novela se lee tan rápido. Cada página me arrastraba hacia la siguiente con una urgencia febril, como si la propia historia fuera un espectro que se negaba a soltarme. Aun cuando cerraba el libro, las imágenes seguían persiguiéndome en sueños, deslizándose hacia el territorio de mis pesadillas.
A través de su protagonista, Abigail Clayton —una joven temerosa y solitaria que transforma el dolor ajeno en imágenes de un último suspiro— Solar nos conduce hacia un ritual reservado para quienes podían pagar fortunas por inmortalizar a sus muertos en plata pulida. Pero entre el olor a químicos, las sombras de laboratorio y el polvo de huesos blanqueados, emerge también otra dimensión: el corsé invisible que asfixiaba a las mujeres de la época.
Atrapadas entre encajes y silencios obligados, valoradas como piezas decorativas y desechables ante el menor rasguño que comprometiera la reputación masculina, estas mujeres vivían bajo una violencia sutil pero devastadora. Esa realidad, retratada con crudeza, duele como sal en una herida abierta. Abigail me desgarró. Y no pude evitar pensar en cuántas de esas mujeres de vestidos abultados podrían ser nuestras antepasadas, sus cadenas transformadas hoy en hilos más finos, pero igual de tensos.
Sus fantasmas siguen con nosotras: en cada “sonríe más” murmurado por desconocidos, en cada reunión donde la voz femenina se pierde bajo el estruendo masculino, en cada cultura que todavía mide el valor de una mujer en docilidad y belleza, como si se tratara de mercancía de escaparate.
Una vez más, Francisca Solar trasciende el mero relato y nos transporta al Valparaíso de fines del siglo XIX, donde sacos de café y especias exóticas compartían muelle con baúles de seda parisina y frascos de eau de toilette. En ese contraste, palpita un Chile antiguo que sigue persistiendo como un daguerrotipo en el álbum nacional: una imagen inmóvil que observamos desde el presente, solo para descubrir —con inquietante nitidez— que el rostro que nos devuelve quizás no sea tan distinto del que aún somos bajo nuevas vestiduras.
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