Por Paula Cifuentes Torres . Periodista, fundadora de Empoderadas.
Los tonos verdes y morados de las banderas y pañuelos no sólo formaban una mezcla visual; se fundían con el humo espeso y aromático de las sahumadoras, entre consignas susurradas y otras pronunciadas con voz firme. Así se configuraba el ambiente en el frontis de la Catedral de Concepción, pasadas las siete de la tarde de este 25N, una fecha que vuelve a recordar por qué la demanda por erradicar la violencia de género sigue siendo tan necesaria de abordar.
La marcha reunió a un grupo diverso de mujeres que llenaron el espacio con colores y carteles escritos a mano, lienzos que hablan de una experiencia que atraviesa clases sociales, edades y regiones. Marcada por un contexto tensionado por dos propuestas presidenciales, la convocatoria exhibió mensajes directos, incómodos por su honestidad, pero certeros. El feminismo no se ordena por candidaturas; se ordena por dolores y por esperanzas.
A ese panorama político ya tensionado se sumaron debates legislativos en curso, tensiones en la agenda de género y una ciudadanía visiblemente cansada. Las consignas a favor de una de las candidaturas se percibían en el entorno: lienzos, frases reiteradas, rostros impresos. Sin embargo, esto no disminuye el sentido de la convocatoria 25N; por el contrario, lo reconfiguran, obligando a leer esta jornada desde su carácter más íntimo y desde las preguntas que quedan abiertas para el movimiento feminista hoy.
Voces claras, memoria activa
Grupos de mujeres jóvenes que llegaban juntas, otras que caminaban solas, algunas que sostenían carteles escritos con letra firme. En uno se leía: “Ni golpes que duelan, ni palabras que hieran”. En otro, sostenido con firmeza por una muchacha en silencio: “No es normal que todas tengamos una historia de abuso”. Esas frases, simples y rotundas, decían más que cualquier discurso preparado.
Entre las asistentes estaba un grupo de estudiantes de Trabajo Social, quienes hablan sin estridencias, pero con convicción: “Salimos a marchar porque necesitamos que se escuchen nuestras voces; que se respeten nuestros derechos y esperamos lo mismo para nuestra generación y las futuras”.
Sobre los mensajes que elaboraron, explican: “Queremos visibilizar la violencia de género en las relaciones interpersonales: el amor, las palabras, lo psicológico, lo emocional. La violencia no es solo física. Es importante hablarlo, conversarlo, luchar por esto. Por eso estamos aquí”, sostuvieron.
Una de ellas sostiene un cartel que no escribió: “me lo pasó una mujer que sufrió violencia siendo joven, en una sociedad que no respetaba su cuerpo ni su voz”.
A pocos metros, la voz de Florencia Jerez (estudiante), suma un matiz distinto. “Me hice este letrero porque conozco muchas chicas, incluso de mi familia, que han sido violentadas. Hay mucha historia de violencia y hay personas que no entienden que no es una, que son muchas”, dice sin titubear.
Cuando se le pregunta por la necesidad de marchar, responde: “Porque a través del ruido nos hacen caso. Si no hay ruido, no nos ven, no nos escuchan”.
En otro espacio, Romy Garcés, integrante de un Círculo de Mujeres Sahumadoras, plantea que la movilización también se vive desde espacios menos visibles. Desde su mirada, el camino espiritual tiene una dimensión política que suele pasarse por alto. Como ella misma señala, “Todos nuestros actos son políticos, y se invisibilizan creencias que han estado siempre en las mujeres. La conexión con las hierbas, con lo ancestral, nos une a nosotras, a nuestras abuelas, a la memoria que traemos”, plantea.
Para ella, participar en las marchas no es solo un gesto presente, sino también un ejercicio de memoria. Al mismo tiempo, subraya la importancia del respeto y de visibilizar la diversidad de mujeres que se movilizan. “Quizás aquí estamos las mismas diciendo lo mismo hace diez años, pero esto le llega a otras mujeres. Una escucha algo y decide no aguantar más, otra se anima a hablar. Eso ya es movilización”, concluye.
Cifras que no mienten
Las mujeres avanzaban a lo largo de la marcha con una claridad distinta: la violencia de género no tiene color político, no habla en clave electoral ni responde a ciclos de campaña. Habita en cada rincón de lo cotidiano, en cada mirada que desnuda, en cada palabra que silencia, y todo ello queda además respaldado por cifras duras.
Según datos oficiales, en 2023 se registraron en Chile 42 femicidios consumados y 259 femicidios frustrados. Lejos de ser un fenómeno aislado, la violencia extrema contra las mujeres se mantiene como una tendencia persistente.
El 2024 cerró con 44 femicidios consumados, 319 frustrados, 88 tentados y 2 casos de suicidio femicida, de acuerdo con el Circuito Intersectorial de Femicidios del Ministerio de la Mujer y el Poder Judicial. Y solo en el primer semestre de 2025 ya se contabilizan 24 mujeres víctimas de femicidio consumado en el país.
La violencia no se expresa solo en los asesinatos. Durante 2024, un 20,3% de las mujeres declaró haber vivido algún tipo de violencia intrafamiliar en el último año, y un 3,5% reportó violencia física en ese mismo período. A esto se suma que, en 2024, Carabineros detuvo 24.629 personas por delitos asociados a violencia intrafamiliar.
En ese contexto, frases como “Ni golpes que duelan, ni palabras que hieran” o “No es normal que todas tengamos una historia de abuso” dejan de ser consignas de una tarde de marcha: son la forma en que las mujeres ponen en palabras un problema estructural que trasciende fronteras ideológicas.
Mientras la luz comenzaba a caer sobre la catedral y el humo de las sahumadoras se elevaba como un hilo persistente, las participantes siguieron avanzando. Algunas en voz alta, otras en silencio. Todas con un mensaje que, año tras año, insiste en no desaparecer.

