Por Macarena Silva Catalán, coach y mentora en empoderamiento femenino.
Hay algo poderoso en el ahora, no es un comienzo oficial, no depende del calendario ni de un hito externo. El ahora es una invitación silenciosa pero insistente a detenernos y mirar. A mí, al menos, me pide una sola cosa: presencia.
Y es curioso, porque hablar de presencia hoy parece casi revolucionario. Vivimos en un mundo donde todo es inmediato, donde los segundos se consumen como si fueran infinitos, donde la prisa se volvió una identidad colectiva. Corremos, contestamos, producimos, publicamos, avanzamos… pero ¿cuándo habitamos realmente lo que estamos viviendo?
Dicen que el tiempo es relativo, yo creo que también es emocional. Se estira o se encoge según nuestra capacidad de sentirlo, hay días eternos y días que desaparecen como un suspiro, pero cuando somos plenamente conscientes del instante —de lo que hay, de lo que vibra, de quien está— ocurre algo casi mágico: el tiempo se vuelve nuestro.
No sé si te ha pasado, estar ahí, completamente ahí, mirar a un ser querido y notar un gesto nuevo, una luz distinta en sus ojos, caminar bajo el sol y sentir la temperatura exacta de la mañana sobre la piel, escuchar tu respiración mientras manejas, trabajas o cocinas, como si tu propio cuerpo te recordara que estás viva. Detalles que parecen insignificantes, pero que cambian todo cuando dejamos de vivir en automático.
La inmediatez es una droga sutil, te acelera, te promete eficiencia, te vende la idea de que si vas más rápido, vives más, pero es mentira, la prisa tiene un costo altísimo: te roba profundidad, te desconecta de lo esencial, te convierte en espectadora de tu propia vida, y lo más doloroso es que ni siquiera nos damos cuenta cuando la adoptamos como estilo de vida.
Por eso el ahora es un recordatorio, un pequeño altar para regresar a lo que importa, no a la perfección, no a la productividad, no a la obligación de reinventarse, sino al simple y transformador acto de sentir, sentir el día, sentir a la gente que amamos, sentirnos a nosotras mismas.
Cuando vivimos en tiempo real, el mundo se abre, de verdad, las conversaciones tienen otra textura, los afectos toman un color más nítido las preocupaciones pierden algo de peso, la intuición se despierta, la creatividad respira, y tú vuelves a encontrarte con esa versión tuya que no necesita correr para sentirse suficiente.
En lo personal, he descubierto que estar presente también es una forma de gratitud, no esa gratitud decorativa que repetimos porque “hay que agradecer”, no, hablo de una gratitud íntima, casi secreta, que aparece cuando te das permiso para sentir un segundo completo sin dividirlo en mil distracciones.
Es agradecer por el aroma del café de la mañana, por la risa inesperada, por la mujer que estás siendo hoy, distinta a todas tus versiones pasadas, por la vida que se expresa en pequeñas señales que a veces pasamos por alto.
También creo que vivir en tiempo real es un acto de amor propio. Porque cuando te eliges aquí, ahora, sin exigencias, sin máscaras, sin llegar antes que tu propia alma, te honras, te validas, te miras con más suavidad. Y desde ahí, te transformas desde la conciencia, no desde la presión.
La presencia no es lenta, como algunos creen. La presencia no es renunciar al mundo moderno, la presencia es integrar, es recordar que lo urgente no siempre es importante, es sostener un ritmo que te permita ver lo que realmente te importa, y es, sobre todo, rescatar tu humanidad en medio de un entorno que intenta acelerarte hasta olvidarte de ti.
Tal vez esa es la invitación del ahora para todas: hacer del tiempo un espacio sagrado, no para hacer más, sino para vivir mejor, para mirar el día con curiosidad y no con prisa, para escuchar a nuestro cuerpo antes que, al reloj para elegir momentos que nos llenen —y dejar ir los que nos drenan—, para observar, sentir, respirar y estar.
Porque al final, vivir en tiempo real no es un privilegio: es una decisión. Una que, cuando la tomamos, cambia la forma en que caminamos por el mundo.
Que este ahora sea el espacio en el que vuelves a ti, a tu instante, a tu tiempo, a tu vida. Aquí, justo donde está ocurriendo.
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