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Francisca Cortés: “Candelaria era una mujer adelantada a su tiempo; su historia merecía ser contada”

Por Paula Cifuentes Torres, periodista y Doctoranda en Historia. Fundadora Empoderadas.

Nos conectamos a la pantalla un jueves por la mañana. Al otro lado aparece Francisca Cortés Guarachi, incluso a través de la cámara se percibe esa mezcla de calma, sensibilidad y atención minuciosa que atraviesa toda su obra.

En su sitio web aparece una frase que resume su oficio: “Escribo porque no hay mejor viaje que el que alcanza la imaginación al leer.” No lo expresa como quien cita un eslogan, sino como quien revela algo esencial, casi una confesión. Para Francisca, la imaginación no es un escape: es un territorio vivo, un modo de estar en el mundo.

Con esa brújula en mano, iniciamos la conversación

Desde niña, cuenta, vivió rodeada de mundos invisibles. Su padre, lector apasionado y coleccionista de palabras, alimentó en ella una sensibilidad temprana: “Me gustaba el lenguaje. Cuando no encontraba las palabras, se las preguntaba a él, era como mi diccionario humano. Siempre fui de observar demasiado. El entorno, las personas, la naturaleza… todo me hablaba. Y en ese mirar surgían historias.”

Esas historias primero fueron diarios de vida y dibujos; luego se transformaron en literatura infantil, en libros que cruzaron fronteras (Argentina, Panamá, Costa Rica, Ecuador, México, Uruguay, Perú) y que hoy forman parte de las bibliotecas CRA de Chile. Sus títulos son sugerentes: La maravillosa Macedonia, El regreso a la maravillosa Macedonia, Las araucarias del tiempo, Noura y Fátima dan cuenta de una voz que narra desde la emoción y la ternura, pero también desde una conciencia que interroga, interpela y abre preguntas.

Esa misma pulsión, la de cuidar la memoria desde la sensibilidad, es la que da origen a su nuevo libro, La Sargento Candelaria, una novela histórica que reconstruye la vida de una mujer que, en pleno siglo XIX, se atrevió a hacer lo impensado: alistarse como soldado durante la guerra contra la Confederación Perú–Boliviana.

“Candelaria es una mujer que no solo desafió su tiempo: lo atravesó”, dice Francisca. “Si ella viviera hoy, sería una mujer adelantada, que no cabe en los moldes, que quiere estar donde su corazón la lleva, aunque ese lugar sea uno donde nadie espera ver a una mujer.”

La historia de Candelaria le llegó casi como un hallazgo del destino. No salió a buscarla: fue Candelaria la que apareció. Había escuchado su nombre antes, como quien oye una leyenda, una sombra en los relatos de la guerra. Pero al profundizar, descubrió a una niña nacida en La Chimba, hija de un chacarero, que a los diez años dejó su casa para trabajar como asesora doméstica y abrirse camino en un mundo duro, lleno de desafíos y de silencios.

“Leí las cartas de sus pares soldados, conversé con historiadores que conocen el siglo XIX, me sumergí en las historias mínimas de la época,” recuerda. “Mientras más leía, más la conocía. Pude conectar con su historia de niña en La Chimba, mediante los registros y dibujos de la época y de ese encontrarse con Chile mediante la Guerra, de su capacidad de ver más allá y decir ‘tengo que estar ahí’. No era solo fue una heroína militar; era una mujer que se abrió paso donde no la esperaban.”

La novela es un transitar inesperado: desde los cerros polvorientos de la antigua Chimba hasta el fragor de la batalla. Es una historia de frontera, pero también de identidad.

Francisca lo dice con claridad: “Quise mirar ese momento histórico para entender la historia, conectarla con las personas y mostrar como nos unió como país en una sola identidad”.

Proceso y oficio

El proceso creativo fue una mezcla intensa de rigor y entrega.  Francisca venía de la literatura infantil y juvenil -un territorio donde el lenguaje dialoga con la ilustración, con una sensibilidad que abre la puerta a la imaginación-, pero esta vez necesitaba explorar paisajes más ásperos donde el miedo, la violencia, la supervivencia marcaban su reinado.

“Lo más difícil fue escribir las escenas de batalla,” confiesa. “Tenía que describir sintiendo el polvo, cansancio, golpes, aspectos más técnicos de cómo funcionaban los fusiles, de sangre y de estruendo y seguir escuchando la voz de Candelaria.”

Esa voz fue lo más complejo de encontrar. Las fuentes históricas sobre ella son escasas, fragmentadas, a veces contradictorias.“ Mi desafío era que el lector creyera en su voz. Mostrar no solo su coraje, sino su parte humana, sus miedos, sus sueños”. Reafirma esta observante del mundo,  Candelaria fue extraordinaria, sí, pero también fue una mujer como cualquiera de nosotras: una mujer que quiso existir en un mundo que no estaba preparado para verla.

A medida que avanzaba en la escritura, la figura de Candelaria se volvía más nítida. La autora la veía moverse entre el humo, entre el polvo, entre la rabia y la esperanza, también desde su infancia de la cual no hay registro histórico. “Ella fue la primera mujer cantinera que recibió un grado militar. Eso no es menor. Es histórico. Y a la vez, su vida fue tremendamente dura. Siento que le debo justicia, que esta novela es una forma de dejar registro de quién fue realmente.”

Y cuando le pregunto qué la impulsó, en el fondo, a narrar esta historia, no duda:

“Hace tiempo tenía ganas de contar algo de nuestro Chile que no encaja del todo con la versión oficial. La guerra contra la Confederación Perú–Boliviana, la batalla de Yungay, el sentimiento de época, las mujeres que estaban ahí… Quería mostrar esa otra mirada. Y Candelaria apareció.”

La conversación llega a su fin y la imagen en pantalla se desvanece lentamente. Francisca vuelve a sus ideas, a su mundo, a las tareas del día a día. Sin embargo, aunque la cámara se apague, algo permanece encendido: la tinta -o las letras del computador- siguen vivas, como si la página en blanco aún respirara.

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