Por Paula Cifuentes Torres, periodista y Doctoranda en Historia. Fundadora Empoderadas.
¿Es diciembre sinónimo de una frontera simbólica? Al parecer se ha vuelto un mes cargado de balances, metas pendientes y una presión persistente por “cerrar bien el año”. Sin embargo, la evidencia muestra que esta exigencia cultural tiene más costos que beneficios. De acuerdo con la American Psychological Association, cerca del 40 % de las personas experimenta un aumento significativo del estrés durante las fiestas de fin de año, asociado a evaluaciones personales, sobrecarga emocional y autoexigencia. Lejos de generar alivio, el cierre forzado suele intensificar el agotamiento.
Voces y experiencias
“Hace tiempo que los rituales y recapitulaciones de diciembre dejaron de hacerme sentido”, señala Nicoletta Pranzini Canessa, consultora en bienestar organizacional con perspectiva de género y fundadora de Grupo Recrea. A su juicio, estas prácticas tienden a producir más tensión que bienestar porque no dialogan con los ritmos reales de las personas ni con la complejidad de los procesos humanos. “Pendientes siempre van a existir, y eso está bien. Es humano y, muchas veces, necesario”, afirma. En su experiencia, lo inconcluso abre la posibilidad de repensar estrategias, energías y focos de acción, especialmente en ámbitos de largo aliento como la salud mental y la equidad de género, que -como ella misma señala-son una maratón, no una carrera de fin de año.
Desde el mundo jurídico, la abogada Patricia Labra pone palabras a una sensación compartida por muchas mujeres en esta época. A días de terminar el año, reconoce que hay procesos personales y decisiones importantes que no se resolvieron como esperaba: expectativas que no se cumplieron y certezas que pensó que ya debería tener. “Pero eso no significa un mal balance”, aclara. “No todo madura al ritmo del calendario ni responde a la presión de llegar con todo listo a diciembre”. Para ella, uno de los aprendizajes más relevantes ha sido comprender que cerrar un año no siempre implica cerrar capítulos, sino aprender a dejarlos abiertos sin culpa.
Mirada terapéutica
La psicóloga y trabajadora social Paola Aguayo aporta una mirada clínica que profundiza esta reflexión. Desde su experiencia terapéutica, advierte que vivimos en una cultura que nos ha enseñado que todo debe cerrarse a fin de año: proyectos, metas, decisiones, incluso emociones. “Pero los procesos humanos no funcionan como una agenda”, explica. El sistema emocional, el cuerpo y la mente no responden a fechas, sino a experiencias, impactos y tiempos de integración.
Aguayo subraya que muchas personas llegan a diciembre cansadas, sobreexigidas y con el sistema nervioso en estado de alerta o agotamiento. Desde ese lugar, pedir además que proyecten, decidan o visualicen el año siguiente puede transformarse en una carga adicional. Desde lo clínico -advierte-cuando un proceso no se ha podido cerrar emocionalmente, ya sea un duelo, una pérdida o un desgaste prolongado, ese contenido no desaparece: se acumula o se manifiesta en ansiedad, irritabilidad, insomnio o sensación de vacío. “Cerrar un ciclo no significa terminarlo todo ni lograrlo todo”, señala. “Significa honrar lo vivido, reconocer lo que fue posible y soltar con compasión aquello que ya cumplió su función”.
Esta mirada dialoga con datos estructurales más amplios. Informes de ONU Mujeres muestran que las mujeres enfrentan mayores niveles de carga mental y autoexigencia, una presión que se intensifica en períodos de cierre anual, donde se superponen responsabilidades laborales, familiares y emocionales. No es casual, entonces, que diciembre se viva como un mes especialmente demandante.
La neurociencia del bienestar también aporta una clave relevante: los procesos de cambio y toma de decisiones requieren tiempo de maduración. Diversos estudios indican que los primeros días de enero no constituyen, por sí mismos, un momento óptimo para grandes definiciones, ya que el organismo aún se encuentra procesando el estrés acumulado de fin de año. Forzar comienzos desde el cansancio suele derivar en frustración y abandono temprano de objetivos.
Tal vez, entonces, cerrar el año no sea resolverlo todo ni partir enero con respuestas definitivas. Tal vez sea algo más simple -y más humano-: permitir que el cuerpo y la mente terminen de procesar lo vivido, soltar lo que ya no queremos seguir cargando y confiar en que los nuevos comienzos no se fuerzan, se ordenan.
