Nuestro país presume de contar con una sólida cultura sísmica. Y, sin embargo, la geógrafa Camila Osorio Seguel advierte que hay un riesgo latente que se reparte de forma desigual: ser mujer, vivir en situación de pobreza o tener menos acceso a la información puede marcar la diferencia entre sobrevivir o no a una catástrofe.
Por Paula Cifuentes Torres, periodista y CEO de Empoderadas.
Cuando las placas tectónicas chocan, la imagen que se nos viene a la cabeza es la de un país entero remeciéndose por igual. Camila Osorio Seguel, geógrafa y divulgadora científica, lleva años desarmando esa idea. A través del proyecto La Geográfica, y desde su trabajo en GeógrafasChile, insiste en una distinción que rara vez aparece en los recuentos de víctimas: un desastre se mide más allá de la magnitud del evento. Hay otras condiciones menos visibles, que también habría que poner sobre la mesa.
«Para entender el riesgo hay que analizar tanto el peligro como la vulnerabilidad», explica. Aquí pone un ejemplo que ordena de inmediato la conversación: no es lo mismo que un tsunami arrase con una segunda o tercera vivienda que con el único hogar de una familia, ese que además es su fuente de trabajo. La amenaza puede ser idéntica; el golpe. Pero la respuesta de cada persona frente a ello, sostiene, depende de su nivel socioeconómico, de su capital cultural, de su acceso a la información, de su edad y, de manera muy especial, de su género.
Una cifra que incomoda
Es en ese punto Osorio detiene la mirada sobre un dato que no es aislado, proviene tras el análisis de desastres a 141 países, difundido por ONU-Hábitat y retomado por organismos como la OCDE, este estudio referencia que las mujeres y las niñas tienen aproximadamente catorce veces más probabilidades de morir en un desastre socionatural que los hombres.
Las razones son muy cotidianas. La mujer que asume el cuidado del hogar pasa más tiempo dentro de la casa, quedando más expuesta cuando esa casa se vuelve una trampa. A eso se suman factores estructurales: la pobreza tiene rostro de mujer y la menor escolarización significa menos acceso a información que podría salvar vidas. Todo junto no solo aumenta el riesgo de morir, sino que también ralentiza la recuperación. «Eso hace que nuestra capacidad de resiliencia sea menor y más lenta», resume la profesional.
La transformación urgente
Los cambios van más allá de la tecnología y los planes de evacuación, Camila apunta a algo de fondo: un necesario cambio de mentalidad a comprender que el riesgo comprende a otros actores como una comunidad educativa cohesionada, municipios y gobiernos centrales comprometidos con la gestión del riesgo.
Los chilenos, reconoce, tienen muy interiorizado cómo actuar cuando empieza a temblar. Lo que falta es dar un paso más y preguntarse por qué ocurren ciertas cosas en el lugar donde se vive, asumiendo que esas dinámicas no se repiten igual en otro territorio y espacios.
Camila Osorio Seguel entrega una frase que funciona como brújula y enseñanza una comunidad educada y cohesionada, recalca, siempre tendrá un mayor grado de resiliencia. La pregunta, entonces, deja de ser cuán fuerte tiembla y pasa a ser cuán juntos estamos cuando lo hace.
