Fotografía: gentileza de Paola Inostroza
La historia de Paola Inostroza Carrasco, relacionadora pública y maquilladora que cumple diez años de trayectoria y busca expandir PImagen, su academia de imagen y maquillaje nacida en Concepción, para llegar a más mujeres y enseñarles a mirarse con amor y confianza.
Escrito por: Empoderadas Medio
¿Hay una ruta hacia el amor propio? Cada camino es único y no sigue un recorrido preestablecido. El de Paola Inostroza comienza en el taller de sus abuelos modistas en el centro de Concepción, y llega hasta una carta imaginaria dirigida a la mujer que era hace diez años. En ese recorrido hay una oficina de comunicaciones, una novia que lo cambió todo, una separación y un sueño que se negó a apagarse.
El taller de los abuelos
“Todo nace ahí”, dice Paola, y no hace falta que nos explique más. Su abuelo era sastre y su abuela modista. Juntos tenían una sastrería en el centro de Concepción, en los tiempos en que aún no existían las grandes tiendas y la gente se mandaba a hacer los abrigos a medida, él cosía los trajes de los hombres; mientras que su abuela fabricaba abrigos espectaculares, vestidos y faldas.
Entre esas telas creció Paola, jugando entre máquinas de coser mientras hojeaba revistas de moda. Su abuela, que todavía vive, le enseñaba que el rojo no es un solo rojo: hay uno intenso y otros tonos que no son primarios, y cada uno tiene su nombre, su forma y su silueta. Cuando el abuelo falleció, la sastrería cerró y el negocio murió, pero la mirada y la historia quedaron en ella. “Yo crecí en una familia donde la belleza y la moda se respiraban todos los días”, sostiene.
Su madre, la mayor de las hijas, y sus dos tías vestían a diario prendas hechas por la abuela y dedicaban tiempo a maquillarse. Paola, todavía niña, las observaba fascinada. A veces, la curiosidad podía más y terminaba tomando el estuche de maquillaje de alguna de ellas para experimentar por su cuenta. Luego corría a esconderse detrás de una puerta y se pintaba la cara hasta quedar hecha un desastre. La retaban, pero eso no parecía importarle demasiado.
Lo que más recuerda, sin embargo, es contemplarlas mientras se maquillaban: ella, sentada en la cama y mirando hacia arriba, observaba cómo se rizaban las pestañas y se aplicaban la base. «Ese momento en que están solas, conectadas con su belleza, con lo que ocurre cuando una se siente bonita», recuerda.
De la oficina a la primera novia
Su camino profesional comenzó lejos del maquillaje, en el mundo de las comunicaciones. Paola trabajó como relacionadora pública en una municipalidad, donde asumía distintas tareas, desde el protocolo y la organización de eventos hasta la cobertura de actividades en terreno.
El giro llegó con la boda de Josefina, periodista y compañera de trabajo, quien le pidió que la maquillara para ese día. Cuando Paola quiso regalarle el servicio, Josefina se negó y la animó a cobrar por su trabajo “tienes que dedicarte a esto”, le insistió. Fue su primera novia.
La ceremonia se celebró en una parcela, a una hora de camino. Durante el regreso, Paola comenzó a tomar conciencia de lo que significaba para ella maquillar: «Realmente esto me gusta, me hace sentir bien, lo hago bien y la gente queda feliz con el servicio». Hasta entonces, pese a tener una carrera profesional y un par de diplomados en otra área, nunca había considerado el maquillaje como una opción laboral.
Lo meditó durante meses. La boda había sido en enero y su trabajo en la municipalidad implicaba jornadas que comenzaban a las nueve de la mañana y rara vez terminaban a las seis. Finalmente, decidió dar el paso: dedicarse al maquillaje le permitiría compatibilizar mejor su vida laboral con el tiempo junto a sus hijas y, al mismo tiempo, trabajar en algo que la apasionaba. Agradeció al alcalde y dejó su puesto.
Motivada por sus colegas, Paola comenzó a dar forma a su nuevo proyecto. Ellos la orientaron en sus primeros pasos y la animaron a abrir una cuenta de Instagram. El diseñador del equipo, por su parte, le propuso crear su propio logotipo con una mirada estratégica, tal como hacían al trabajar en la imagen del alcalde. Paola siguió sus consejos y puso manos a la obra.
Aprender a mirarse
En esa ruta Paola aprendió algo que hoy repite a las mujeres que se sientan frente a ella. Verse bien y sentirse bien no se pueden separar. “Si una mujer no se siente bien, no se va a ver bien, aunque lleve el atuendo más caro”, dice, aunque el mundo la considere bella por ser alta o delgada. Verse bien es sentirse bien en la propia piel, con el mundo interior y los vínculos en orden.
Lo ha comprobado con sus propios ojos: ha maquillado a novias de distintas edades, incluso de 50 años, y ha descubierto que la percepción que cada mujer tiene de sí misma no siempre coincide con lo que los demás ven. A veces, al abrir la puerta, encuentra a una joven delgada y piensa que cualquier cosa le quedaría bien. Sin embargo, pronto descubre que es precisamente una de las que más inseguridades tiene y que busca ocultar imperfecciones que solo ella ve. “No tiene que ver con un elemento externo. Una mujer que se siente bien puede vestirse con ropa sencilla y se va a ver bien, porque se siente empoderadas, porque se ama» señala Inostroza.
Por eso, cuando una mujer se levanta de su silla, Paola espera que se lleve algo más que un maquillaje o lo aprendido en un taller: que aprenda a mirarse con otros ojos. «Que se amaran más», resume. Su deseo es que puedan reconocerse y mirarse con ojos de amor, no de perfección, sin detenerse únicamente en las arrugas, las manchas o los lunares.
En sus asesorías, Paola habla de tendencias, pero también dedica tiempo a escuchar a cada mujer y conocer su historia. A muchas les ha recordado el valor que tienen más allá de su apariencia: «¿Cómo no vas a ser hermosa, si saliste de una relación tóxica, si te separaste de un hombre que te violentaba, si resolviste sola, con hijos, una situación económica difícil? Somos bellas por los valores que tenemos, por cómo somos como personas», reflexiona.
La carta
Todo camino tiene un lugar al que vuelve la mirada, y el de Paola está diez años atrás. En aquel entonces se estaba separando, después de una década de matrimonio, una decisión que meditó mucho. Ya había resuelto dejar la municipalidad y emprender. Tenía dos hijas pequeñas y miedo. “Esa Paola creía que no iba a lograr salir adelante.” Empezó con una maleta pequeña y unos veinte mil pesos, con los que compró el maquillaje que pudo, y sin apoyo: le decían que eso no era un trabajo. Había postergado la separación esperando un mejor momento. “No hay mejor momento. El mejor momento es cuando tú decides», es hoy parte de su pensamiento.
Hoy reconoce que uno de sus mayores desafíos fue sacar adelante la crianza de sus hijas sin renunciar a sus propios sueños. Porque, más allá de todo lo que consiguió, uno de sus mayores logros fue no olvidarse de sí misma. Este 2026 Paola cumple diez años maquillando y siente que es el momento de despegar.
Ha ido reuniendo ahorros para viajar a Argentina y Brasil, donde espera especializarse, mientras sigue pensando en cómo mejorar sus distintos espacios de trabajo y ofrecer una mejor experiencia. «Es como un hijo para mí», dice sobre su proyecto, con una meta clara para lo que queda de este período: hacer brillar la academia.
Su sueño es que PImagen crezca “de Concepción para el mundo”: que la mujer que quiera dedicarse profesionalmente al maquillaje piense en ella y diga “quiero que Paola me forme”, y que la que solo desee dominar su propio automaquillaje piense también en la academia. Un espacio, dice, para todas las que quieran preocuparse de su imagen, potenciarse y aprender a amarse.
