Por Claudia Fuentes Riveros, periodista y directora de La Tribuna de Los Ángeles.
Hace algunos días mi esposo llegó triste y bajoneado porque cuando fue a buscar a nuestro Gabrielito al colegio, uno de sus compañeritos se acercó y le preguntó de quién era papá. Él orgulloso, porque todos estamos de nuestro niño azul, le dijo que de Gabriel. Al instante y en su inocencia, el niño le dijo: “Aaah, de Gabriel, el niño que no sabe nada”.
Palabras duras, que calan hondo en el corazón de cualquier ma-padre, que convive día a día con la realidad del trastorno del espectro autista. Una condición, no una enfermedad, que nos desafía a romper parámetros y a convivir como familia, de una manera un tanto diferente.
Con la garganta apretada, pensaba qué es lo que entendemos por “saberes” en nuestra sociedad y, claramente, la respuesta es que se aplica a todo lo que puedes demostrar como aprendizaje o conocimiento, y proyectarlo al exterior, a otros. Poco se valora el autoconocimiento y los valores, que nos hacen ser personas “connotadas”, íntegras e integrales.
Gabrielito, junto con tener mucho conocimiento, en lo primero (solo que le cuesta verbalizarlo), es un niño perseverante, que cada día se levanta puntual a las 7 am, para ir al colegio, sigue su rutina al pie de la letra y escucha todo en su entorno, aun cuando el ruido lo perturba a veces. En la tarde, muchas veces acude a terapia para lograr verbalizar todo lo que aprendió, y encontrarle valor en la práctica. Estudia tres veces más que cualquier niño, porque sus tiempos de atención son reducidos; se esfuerza por entablar conversaciones que muchas veces le resultan complejas y disonantes. Es respetuoso, incluso cuando –en su presencia- se refieren a él de forma hiriente (les aviso que comprende todo). Es noble con sus amigos y compañeros, porque no soporta ver a otros llorar o estar tristes, eso lo descompensa. Y hace un esfuerzo mayor, para controlarse, cuando le quitan su juguete de apego, porque no todos los niños TEA son agresivos. Es empático conmigo, cuando aun con su selectividad alimentaria, prueba algo nuevo cada día porque entiende que su comida debe ser variada. Es valiente, porque aun sin sentir su cuerpo (hiposensibilidad) enfrenta un mundo, atiborrado de estímulos sensoriales.
También aprendió las letras a los dos años, toca batería, arma puzles en minutos, canta en inglés y español, y podría seguir con esos saberes,…
Mi reflexión final es que Gabriel es un niño que “lo entendió todo”, en una sociedad “que no sabe nada”. No sabe nada de empatía, no sabe nada respeto, no sabe nada de inclusión y, por sobre todo, no sabe valorar a las personas en su justa integridad.
Hoy, en el día de concientización sobre el espectro autista, mi invitación es a aprender más, pero no hacerlo solo desde el conocimiento, sino desde el alma. Y a hacerlo no solo hoy, sino que cada día, porque solo así vamos a tener una sociedad realmente inclusiva y justa con todos/as.
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